Texto: Martín Estévez /
Ilustración: Natalia Figueroa
Me llamo
Ignacio, tengo 17 años, soy ladrón.
No lo era
cuando vivía en casa con mi vieja, con mi viejo, con Mica. Soy ladrón porque
quiero a Mica con toda mi alma, porque quiero que Mica me quiera. Mica es mi
hermana, tiene 5 años y sonríe más lindo que nadie en el mundo.
Hasta hace
poco, yo podía dormir. Hoy es la primera noche en la que no tenemos dónde.
¿Sentiste mucho frío alguna vez? Esperando un colectivo, caminando, donde sea.
Ese frío que duele, que lastima. Ese frío, mucho frío, lo sentí durante toda la
noche. No dormí. No puedo pensar. Tengo frío. Estamos en la calle. Mica y yo. Y
mi viejo. Tengo cartón encima y acabo de descubrir que el cartón no abriga.
Mica está tapada con toda la ropa que conseguimos. Duerme temblando.
Mi viejo
dice que van a ser unos días. Que pronto vamos a tener dónde ir. Yo voy
encontrar un trabajo y a sacarnos a todos de acá. No un buen trabajo: un
trabajo. Cualquiera. No me hace falta pedirle monedas a nadie. Y no voy a dejar
que Mica lo haga, nunca.
En sexto
grado fui abanderado. Ese día mi vieja vino a verme. Fue la última vez que la
vi sonreír antes de morirse. La de matemáticas me decía que tenía un montón de
futuro. Pero eso no le importa a nadie. Cortar el pasto, pasear perros, atender
un kiosco: parezco no servir para nada. No consigo ni un estúpido trabajo.
Ninguno.
Van 23
días pero parecen muchos más. Mi viejo empezó a juntarse con unos tipos en otro
lugar y aparece borracho, insulta, se va. Me pregunto de dónde saca lo que
toma. Ya ni habla de irnos de acá. Pedí monedas durante unos días y recibí
cientos de “andá a laburar”. ¿Dónde, dónde consigo un trabajo que me saque de
acá?
Cada vez
me siento más sucio: aunque me bañara durante una semana no me sacaría esta
mugre de encima. Mica sí consigue algunas monedas pidiendo. Las suficientes
para no morirnos de hambre. Ella me mantiene y yo me siento un inútil. ¿Qué
diría la de matemáticas si me viera ahora?
Tengo
algunos amigos por acá. Me dicen que hay que aspirar y robar. Que es la única
forma. Que tarde o temprano voy a darme cuenta. Pero yo no voy a robar nunca.
No soy como ellos. Y la única vez que aspiré pegamento, Mica me vio y se puso a
llorar. No voy a volver a hacer llorar a Mica. Nunca, nunca más.
¿Cuántos
días van? ¿60? ¿70? ¿Mil? Es igual, esto no tiene fin. No sé dónde está papá.
Rodri, el pibe que dormía acá a la vuelta, se juntó con una bandita y ya tiene
dónde dormir. “Dos veces por día”, me dice. “Manoteás dos carteras, dos
bolsillos, lo que sea, y ya está, tenés techo y algo para morfar”, me dice.
“Nunca maté a nadie, el arma ni siquiera está cargada”, me dice.
¿Vos qué
harías? ¿Qué harías si no podés dormir por tanto, tanto frío? ¿Qué harías si
sabés que no podés bañarte, si comés sólo a veces, si Mica ya casi no sonríe?
¿Qué harías? YO NO VOY A ROBARLE A NADIE. No voy a hacerlo. Voy a sacar a Mica
de acá y voy a poder mirarla a la cara. No voy a robarle a nadie. Nunca.
Necesito
40 pesos. Sergio dijo que por 40 pesos consiguió esa frazada increíble con la
que duerme. Que puede conseguirme una. Desde que la tiene, Sergio duerme de otra
manera. ¿Yo? Yo ya ni duermo. Cada vez hace más frío y no siento las manos.
Anteayer,
antes de que amanezca, pasó una vieja y no me vio. No sé qué buscaba, sacó la
billetera. Sólo tenía que sacársela y correr. Ni empujarla, ni asustarla: sólo
sacarle la billetera y correr. Y Mica hubiera dormido abrigada y sonriendo. Hoy
Mica cumple 6 años. La vieja parecía inmóvil con toda esa plata en la mano. Se
me pasaron mil cosas por la cabeza. Mica, y mi abuela, y Mica, y ser ingeniero,
y toda esa gente mirándome con miedo, y mi vieja, y Mica. No pude. No le robé.
Nunca voy a hacerlo. No voy a drogarme ni a robar ni a hacer nada que no pueda explicarle
a Mica cuando sea más grande. Perdón, Mica, por no poder regalarte nada en tu
cumpleaños. Perdón por tanto, tanto frío.
Anoche no
sólo llovió: anoche hizo más frío que nunca. No es que yo lo haya sentido, para
mí todos los fríos son iguales. Me di cuenta porque fue la primera noche en que
Mica no durmió. La abracé, le hablé, la tapé con todo lo que tenemos, pero
sentía sus hombritos temblar y sus ojos parpadeando. Mica no durmió en toda la
noche. No es un segundo de verla sufrir. Son dos, tres, cuatro. Diez, once, doce.
Cien, doscientos, trescientos. A cada segundo, Mica temblaba. Mil, dos mil,
tres mil. ¿Cuántos segundos dura la peor noche de tu vida? Que salga el Sol.
Que salga el Sol para que Mica deje de temblar. Es la primera vez que lloro desde
que murió mamá. Perdón, Mica. Perdón.
Son las
once de la noche y Mica está pálida. Hace tanto, tanto frío. La dejo con
Natalia, un ratito. Natalia sabe que no tiene que fumar delante de Mica. Le
hace mal. Me duele mucho la cabeza. Tengo las medias mojadas y van a tardar años
en secarse. Me pica el cuerpo. Todo el día pensando en Mica, en sus ojitos sin
dormir. ¿Cuánto hace que no sonríe? Necesito 40 pesos. Tengo 12 y los voy a
gastar pronto para que Mica pueda comer. Nunca voy a llegar. 40 pesos no significaban
nada antes. Pero, ¿cómo los conseguís cuándo no tenés nada para ofrecer? ¿Cómo?
Son las
once y media y ese tipo que habla por celular tiene plata en la otra mano. Y
está distraído. Mica. Creo que no me vio. Me acerco rápido. Mica. Sólo un manotazo,
lo que salga y correr. Mica. Mica. Mica.
“¡Hijo de
puta, chorro hijo de puta! ¡La puta que los parió, son todos iguales, negro de
mierda! ¡Chorro!”.
Escucho
los gritos del tipo y sigo corriendo. Freno, estoy agitado. 76 pesos. Mica va a
comer y va a dormir sin frío. Me tiemblan las manos, el cuerpo, tengo la vista
nublada. Pienso en mamá, en mi viejo, en la de matemáticas. Siento tanta
vergüenza, y miedo, y dolor.
Me llamo
Ignacio, tengo 17 años y, desde hace exactamente veinticinco segundos, soy ladrón.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario