Por
Leandro Ramos
Juntos
o, mejor dicho, a la vez, quedaron en verse sin haberse visto nunca. Trataron
de que fuera algo mas bien casual, sin tantas vueltas. En un principio, Él
pensó en un bar o un café, pero a Ella la idea no le gustaba, quería para ellos
algo verdaderamente especial e insistía con la idea de algo espontáneo. Él
propuso entonces que para verse por primera vez deberían irse de la ciudad por
separado, en un supuesto viaje personal de ambos y, de esta forma, encontrarse
en otro lugar. Pero Ella pensó que era una idea demasiado exagerada para la
cita que tenía en mente y propuso entonces que el encuentro fuera en una
sencilla parada de colectivo. Él estuvo de acuerdo en casi todo, menos con la
idea de permanecer de pie durante el encuentro. Atenta, Ella propuso una idea
que lo conformó en absoluto. La parada en cuestión terminó siendo aquella del
quiosco grande, frente a la mueblería, donde Ella toma el 303 al trabajo y
donde Él suele pasar a diario. La hora fue pensada con similar condición y
algunos vaivenes. Él supuso que las 18:00 era un buen horario, pero a Ella no
le gustaba y quiso que se vieran a las 13:00, creyendo que una cita casual
debía darse en un horario más bien grisáceo. Fue entonces que, sin hablarse
siquiera, quedaron en verse.
Tanto
uno como otro intuían su presencia pese a estar alejados, y se seducían con
pensamientos de aire. La luna jugaba con la luz del sol y encendía los
pavimentos del mundo, pero no adivinaba la lluvia de mañana. Ellos, acostados,
pasaban revista a los rostros soñados, pero en ninguno de ellos estaba la cara
del otro. No intentaban imaginarlo porque sabían que la posibilidad de tener
alguna certeza era totalmente vacía. Entonces, Ella cerró los ojos sin
expectativas, y luego Él.
Un viernes de llovizna. Él partió de su casa cuarenta
minutos antes de la una de la tarde, la hora exacta de lo inexacto y lo
imaginado. Ella lo hizo menos cuarto. Tanto Él como Ella se dirigían al
trabajo. Ella, caminando a la parada del quiosco, pensó que hizo bien en
vestirse con la ropa diaria, y Él, sentado ya en el 707, no se mostraba muy
ansioso por tan inesperado encuentro. En la ventanilla del colectivo las
gotitas también se encontraban entre ellas y, contra el vidrio, se citaban sin
conocerse las unas a las otras y en medio de su viaje al piso. Mirando, Él
pensaba que cada una de ellas acercaba la hora de su propio encuentro, que
podría haber sido aquella fijada u otra cualquiera. Si algún pasante los viera
sería incapaz de reconocer en ellos a dos posibles enamorados. Él recordó a una
chica que en su escuela lo había enamorado de amor lejano y que era hermosa,
pero la convicción total de que no habría coincidencias con Ella lo mantenía alejado
de cualquier preocupación. Ella sacaba cuentas y se percataba de que llegaría
tarde al trabajo porque su hora de entrada era a las 13:30. Deseó que el 303
llegara pronto.
Él
mira un reloj de cuero. La cita de ocasión está lista para darse. Cinco minutos
faltan para las 13:00, pero lo mismo daría si faltaran más o menos porque ellos
se encargan con eficiencia de ignorar que Él la verá a Ella y que Ella lo verá
a Él. No hay expectativas ni ilusiones. De hecho, no está permitido ningún pensamiento
precedente acerca del asunto en cuestión, ya que el mismo daría por nula cualquier
posibilidad de sorpresa. Prudentes y con vida, ambos confluían hacia la parada
del quiosco grande por caminos distintos y sonreían sin saber nada. Lo
imprevisible es esencial, aunque sea de imitación. Y por lograrlo se olvidaban
del encuentro, de la hora, e incluso de ellos mismos.
Él mira por el vidrio y distingue la parada del quiosco
grande. Allí está Ella, que lo ve pasar. El 707 no se detiene. Ellos dos se
miran entre el agua del cielo y se desean. Segundos. La cita concluye sin más.
Y ellos se olvidan sin saber que con ellos también se chocan otras gotas de
lluvia en el parabrisas de la ciudad.
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