Texto: Martín Estévez. Diseño: Fernando
Delmonte.
En épocas
en las que yo todavía usaba guardapolvo, en casa eran todos de Racing. Corrijo:
se habían hecho de Racing por cariño a mi tío, a mi primo y a mí. Por eso,
cuando se jugaba un Racing-Boca, todos queríamos que ganara Racing. Todos menos
mi abuelo Víctor: él hinchaba por Boca, gritaba los goles, nos desafiaba.
Yo pensaba
que era para molestar, pero hace poco entendí que no. Que Víctor lo hacía para
incentivar nuestro fanatismo por Racing dándonos un rival, un archienemigo. Si
todos hubiéramos sido de Racing, los partidos habrían sido aburridísimos. No hay
nada más tibio que una conversación en la que todos piensan igual. No tiene
gracia un juego donde todos queremos que gane el mismo. Sí: Víctor era de Boca
solamente para que nosotros fuéramos
de Racing.
El nivel
de complicidad era enorme: durante el partido se gritaban los goles y,
enseguida, se pedían las disculpas correspondientes. Pero se gritaban. Y
durante los seis meses siguientes, todas las benditas mañanas, el último
ganador recordaba el resultado con algún comentario burlón.
–Ay, Martín... ¿cuándo ganarán? –me decía Víctor
después de un 4-0 de Boca.
–Ya les ganamos –respondía yo con
injustificado orgullo–. Acordate del 6 a
4 en el ‘95.
Durante
los noventa minutos que duraba el partido reinaba la paz. Siempre había un
bizcochuelo, unos cafés y más de seis personas frente a la televisión. O
tardecitas sentados frente a la radio. Con él compartí el 6 a 1 que, a Boca, lo
dejó a un paso del título en el Clausura 91; y a mí, a un paso de la depresión.
Con él compartí ése y treinta y siete clásicos más.
A
principios de 2010 supe que a Víctor le quedaba poco tiempo de vida. Una
enfermedad avasallante y brutal se le había instalado en el cuerpo para no
irse. El último clásico lo jugamos el 6 de marzo de 2010. Y yo sabía que era el
último. Faltaban seis meses para que volvieran a enfrentarse y Víctor no iba a
llegar. Ya no podía levantarse de la cama y había perdido parcialmente el oído
y la vista. Me acosté al lado suyo y, por primera vez, no supe por quién
hinchar. Me dediqué a relatarle el partido bien fuerte, a decirle cuánto tiempo
faltaba, a hacerle creer que no le dolía todo.
Boca hizo
el 1-0 enseguida y yo aproveché para enojarme y poner mala cara. En realidad
estaba enojado porque mi abuelo se estaba muriendo, pero había que disimular
para no levantar sospechas. Yo quería ser bueno e hinchar por Boca, para que
Víctor se pusiera contento aunque no tuviera fuerzas para festejar, pero me
costaba mucho desear contra Racing. Encima, el empate nos dejaba complicados
con el descenso.
Peor me
sentí cuando Racing dio vuelta el partido y se puso 2-1. No puedo negar que,
por dentro, lo deseaba. Yo quería ser bueno, pero antes que bueno era hincha de
Racing. Debería darme vergüenza. Durante el segundo tiempo tuve ganas de
llorar, de ver el partido, de hablar con Víctor de otra cosa y de irme, todo
junto y sin pausas.
Seguía
diciendo sin parar que iban 19, que Racing iba a hacer el tercero en cualquier
momento, que el partido era emocionante. Cuando faltaban diez minutos ya no
podía relatar porque tenía un nudo en la garganta. Pero no llorar cuando
estabas con Víctor era sagrado. Ya no me importaban una mierda Hauche, Riquelme
ni los promedios. Me le acerqué al oído, como para que no escuche nadie más, y
le dije:
–Ahora viene el gol de Boca, Babu, ya vas a ver.
Yo quiero que empaten así estamos contentos los dos.
Le
acaricié la mano derecha y la frente. Y le sonreí la última sonrisa sincera que
me quedó hasta su muerte. El mundo se hizo silencio y yo comprendí que se nos
iba el Racing-Boca, los veintiséis años compartidos, la vida. Nunca más nadie
iba a ser mi archienemigo. Si me despedí de Víctor muchas veces, ésa fue una de
las más dolorosas.
Corrían 42
minutos del segundo tiempo y el empate de Boca era inminente: nos estaban
peloteando. De pronto, Babu me tocó. Me acerqué y, con el hilo de voz que le
quedaba, me dijo:
–Yo quiero que gane Racing, Martín. Yo quiero
que gane Racing.
Le agarré
la mano de nuevo, fuerte, y seguí relatando hasta el final. El equipo aguantó
como pudo; Racing ganó 2 a 1. No sé de dónde sacó fuerzas, no sé de dónde saqué
fuerzas, pero él y yo festejamos juntos, sin nadie alrededor, de la manera que pudimos.
Dos meses después, Víctor murió. Desde entonces, no hay burlas a la mañana, ni
canciones de cancha, ni sonrisas compartidas. Desde entonces, no hay
Racing-Boca para mí.

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