jueves, 16 de enero de 2020

El amigo que perdí


Por Martín Estévez

En primer grado tenía bien claro que me esperaba una vida llena de vacíos y silencios, de lejanías y miradas desconfiadas, de secretos forzados. A los 6 años no iba a otro lugar que no fuera la escuela. Y en la escuela, dos grandotes de segundo me cagaban a trompadas todos los días. Primer grado habría sido una mierda si no hubiera estado David.

No nos parecíamos en nada. David era más sociable, menos tímido, más normal. No tengo idea de cómo nos encontramos. Algunos se encuentran enseguida, advierten en el otro gestos, movimientos, formas de hablar que inmediatamente aprueban. Hay personas a las que con sólo escucharlas quejarse de su psicóloga, las queremos. David fue uno de ésos.

Más que a ninguna otra cosa, en primer grado me dedicaba a ser prolijo, a pasar desapercibido, a no dar indicios de psicótico. Excepto con David. Con él hicimos de cada recreo un duelo personal. A las 13.50, a las 14.50 y a las 15.50, David y yo nos transformábamos en enemigos. Ayudados por una bola de papel y cinta scotch, y por los banquitos de cemento del patio, nos entregábamos a un duelo de penales visceral y terminante: no había lugar para empates.

Cuando la paridad persistía, el sonido del timbre nos resultaba ajeno. No puedo entender por qué ni cómo, pero David y yo ignorábamos a la maestra con descaro. Ni la mirábamos. Pateábamos penales hasta que la balanza se desequilibrara hacia algún lado. Ganaba él o ganaba yo. Sin concesiones.

Una tarde de mayo, la señorita Liliana intentó hacer valer su autoridad. Se acercó rauda, caminando casi agachada para quedarse con nuestra pelota. David la miró fijo. “Todavía no terminamos”, dijo. Ella balbuceó “cuando puedan, entren” y nunca volvió a molestarnos.

Con David no hablábamos sobre chicas ni sobre nuestros papás ni sobre nada que no fueran los penales. Adivinábamos el estado de ánimo del otro por el modo de patear. Cuando uno despedazaba el papel de un derechazo, el otro sabía que lo habían retado en casa. Cuando uno apenas movía el pie por las ganas de llorar, el otro se dejaba ganar para no profundizar la herida.

La primera vez que hablamos sobre otra cosa fue un jueves de noviembre. La mitad de la clase se arremangaba el guardapolvo por el calor, Adrián estaba por llorar como todos los días. Mientras formábamos para entrar, David dijo: “Me cambio de escuela”.

El viernes 7 de diciembre de 1990 no fue solamente la primera vez que comí Pepitos. Ese día, también, me despedí de David. Esperé que transcurriera el acto de fin de año con un nudo en la garganta y aprendí un saludo que repetiría muchas veces durante mi vida. Le apreté fuerte la mano derecha y le dije “fue un placer”. Me respondió con la mirada.

Las vacaciones fueron un calvario por culpa de Flavia Palmiero. Yo no pensaba en David
hasta que Vane o Gaby ponían el cassette de La ola está de fiesta. Estúpido cassette. Lo odié con toda mi alma. No me molestaban El ratón Pérez o La ley del gallinero, pero cuando llegaba la canción 6...

“Cuando pasen muchos años y lleguemos a ser grandes me gustaría que sigamos como hoy”, desafinaba Flavia en Somos amigos y se me rompía el corazón. No es que me ponía triste: lloraba a lo bestia, inconsciente de cómo dañaba mi hombría en ese acto. Fue la primera cosa que la cultura machista llama de puto que hice. Más adelante escucharía discos de Alejandro Sanz e iría a un taller de teatro.

Tiempo después confié torpemente en Gaby y le conté mi secreto. Encontré la burla más aterradora: Somos amigos se repitió infinitamente en casa, a todo volumen, con risas de fondo. Una y otra vez. Hasta que, de tanto enfermarme, me curé. Y, como casi todo, David pasó al olvido.

El único motivo por el que escribo esto, ahora lo descubro, es porque la de David fue una historia trunca en mi vida. Cortada de golpe, serruchada sin prolijidad, arrancada de la lógica. Si David hubiera seguido en la Escuela 29 nos habríamos peleado en quinto grado. O sería policía, como Diego, y nos alejaríamos por decantación. Pero no: David es siempre un niño de 6 años que no creció, no engordó, no se volvió un adolescente idiota. David es el Che Guevara de mi infancia.

Me tiene harto, David. Yo, antes que a los amigos que se alejan llenos de gloria, a los jóvenes que se retiran campeones, a las novias que nos dejan, a las cosas que pudieron haber sido, brindo por otra cosa. Brindo por los que se quedan a remar conmigo, por los que juegan a ganar hasta los 84 años. Brindo por las mujeres que nos quieren hoy, por las cosas que sí fueron y (aunque no sean de miel) son nuestras. Brindo por amigos imperfectos que me esperan aunque haga frío, por los que saben que voy a perder pero igual sostienen mi esperanza. Brindo por todos los que, en el medio de mis catástrofes y hasta que me muera viejo, siguen leyendo estas palabras aunque nunca signifiquen nada.

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