Texto
e ilustración: Leandro Ramos
Cansado de ver su misma
imagen en el espejo, se decidió a cavar un pozo sin término; una vez concluido,
se arrojó dentro de él.
El movimiento lineal de
arriba hacia abajo que implica toda caída se hace incómodo si es continuo y se
perpetúa en el tiempo sin que nada lo detenga. Él lo supo muy pronto y buscaba
las posiciones más favorables para su cuerpo, pero pronto el hábito se hizo
costumbre, y sólo se dejó caer.
En un principio tuvo frío y
con los días vino el hambre. Comió algunas lombrices que caían como él. Sin
sospecharlo siquiera, muchos pequeños insectos caían en mitad de su tranquilo
paseo subterráneo al encontrarse de súbito con aquel agujero sin fondo. Con el
tiempo pudo hasta prescindir de ellos, sus movimientos eran tan ínfimos que ya
no necesitaba alimento alguno y olvidó el hambre.
La importancia y la noción
del tiempo las dejó allá lejos, en la superficie, por lo que olvidó también la
frecuencia de los minutos, las horas, los días y los años. Pero el transcurso
temporal no le pasaba del todo desapercibido conforme su barba crecía y se
hacía más y más larga. La alternancia entre escarabajos y saltamontes le
advertía, además, el paso de las estaciones del año.
Con tal de sentir compañía,
les ponía nombres a muchos de aquellos pequeños individuos, nombres que
olvidaba al rato o trastocaba sin que ellos mismos se dieran por aludidos,
continuando con uno la charla que había comenzado con otro.
Pero pronto se cansó
también de ellos y no pronunció más palabras.
En otro de aquellos días,
una pequeña piedra, que ignoraba las leyes físicas que igualan la velocidad de
los cuerpos en caída libre, vino a estrellársele en la cabeza produciéndole un
dolor tan intenso que se vio impelido a rememorar el desahogo que produce el
grito. Pero no pudo. Ya no recordaba el sonido de un grito. Y se percató de
que, a su vez, el silencio también se volvió infinito.
Asimismo olvidó la luz. Sus
ojos aprendieron a distinguir entre matices de negro. La noche abisal inundaba
el pozo y su alma sin fin.
Para no morir, evitaba
olvidarlo todo. Se aferraba a algunas ideas y palabras esporádicas que flotaban
indefinidas en su mente. Hacía grandes esfuerzos por pronunciarlas en voz alta,
pero ya no le salía. Los esfuerzos se tornaban dolorosos.
Se revolvía en su memoria,
eso sí, la imagen de una vida errante en un mundo donde el suelo no le permitía
a uno caer, el egoísmo de perpetuarse en una vida estática y habitar un único
cuerpo, ser dueño de un estómago que no come insectos, la injusticia de
distribuir la luz del sol, la belleza momentánea de la música en los oídos.
La caída, prevista como un
proyecto de vida segura y un refugio de sí mismo, comenzaba a mostrarle todo el
rigor de su obstinación. Comenzaba a prefigurar en ella su propia muerte,
muerte inútil, además, porque no significaría descanso alguno. Entendió que, aun
muerto, seguiría cayendo.
En su cabeza y avanzando
despacio, una cosa como una larva se estrujaba y se retorcía. Era algo
indefinible, reprimido, algo de su vida anterior, su vida olvidada. Quizás un
recuerdo palpable, concreto, que por tal se borró de su memoria. O tal vez no,
no estaba seguro, quizás fue un sentimiento o una idea. Acaso algo no
entendido, tan cotidiano como la caída de un pétalo.
Mientras, transcurría el
tiempo ignorado, la enfermedad atacaba los pocos vestigios físicos que le
quedaban. Costras de piel seca, causadas por el constante castigo del aire en
movimiento, hacían que su cuerpo se desprendiese lentamente de él. A su vez, su
mente languidecía en la búsqueda de aquella certeza, aquel origen oscuro que
presionaba su cabeza desde adentro. Sin darse cuenta, como las luces variadas
de un letrero luminoso que se prenden de a momentos y se intercalan en un ritmo
forzado, en su cabeza surgían recuerdos lejanos: aquel trabajo mediocre, el sol
opaco de todos los martes, el nombre de una mujer ordinaria, la muerte de un
hijo, chicos en la calle, banderas sin colores…
–Todo lo inútil desaparece
en los profundos pozos –pensó, mientras olvidaba y caía.

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